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Los periodistas no somos especiales

Quienes ejercen el periodismo sin una vaga noción de sus innatas limitaciones, nunca alcanzan a comprender la sutileza que significa trascender los límites de la prudencia, el buen decir y la crítica constructiva y veraz. Por supuesto, nada de esto se aprende  ni se enseña en escuelas de periodismo. Pero es su comprensión lo que hace la diferencia entre un buen periodismo y uno irresponsable.

Si el clima de libertad y el nivel de desarrollo democrático alcanzado en los últimos años otorga el derecho a los periodistas a la crítica de las actuaciones de los hombres públicos, en idéntica forma éstos tienen igual derecho de sentirse molestos con los juicios de la prensa y manifestarse públicamente, sin  tener que padecer el peligro, como ocurre a menudo, de represalias que muchas veces toman la forma de un boicot de sus actividades en las páginas de un diario o en espacios muy populares de la radio. Negar el derecho de un político o de un ciudadano a decir en público lo que probablemente muchos de ellos piensan o sienten, por ejemplo, de mis artículos o de mi vida profesional, equivaldría  también a asestar un golpe mortal a mi derecho a expresar libremente mis ideas.

Si tal político no agrada a un diario, o a los que trabajan en él, o éstos disienten de sus posiciones sobre un tema de interés público, es parte del juego democrático aceptar el derecho de aquellos a sostener las mismas opiniones sobre el trabajo periodístico. La prensa no está ni por encima de la ley ni de la crítica. Uno de los grandes males observable en cierta modalidad de periodismo muy extendida en los medios electrónicos, nace precisamente de la creencia de muchos periodistas de que sus análisis y conclusiones sobre las realidades que comentan son infalibles o constituyen verdades absolutas. Especialmente cuando ese sentir proviene de gente que no exhibe credenciales académicas que avalen tal pretensión.

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