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Trujillo también falsificó la democracia

Por Andrés L. Mateo. 24 de julio de 2014

Con motivo de la “convención” del Partido Revolucionario Dominicano recordé que en el régimen absoluto de Rafael Leónidas Trujillo Molina se falsificaba la democracia, tal y como ha ocurrido con Miguel Vargas. Siempre nos estamos quejando de que la sociedad dominicana permanece estancada en el siglo XIX, porque ninguna de las instituciones clásicas que organizan el sentido de la vida en sociedad ha funcionado plenamente entre nosotros. Esa fue la jeremiada infinita de los intelectuales del siglo XIX dominicano, y desde el invertebrado país que les tocaba analizar, veían  asombrados cómo se concretaba en la fiera imagen del personalismo todo el poder constituido. Es por ello que acontecimientos como esa “convención”, dibujan la caricatura de la “democracia” que hemos logrado, después de enormes sacrificios y martirologios, y nos retrotrae, como la maldita piedra de Sísifo, al siglo XIX.

Trujillo mantuvo los atributos formales de la democracia (Poder judicial, poder legislativo y poder ejecutivo), mientras que otros atributos, como el  pluripartidismo,  el sufragio y la alternabilidad, figuraron en la práctica política de manera tan burda que su aparición episódica se redujo a farsa. Aun así, estimuló la oposición artificial, creando estructuras partidarias como el  “Partido Laborista Nacional”; o permitiendo, en la coyuntura internacional del 1946, la organización de grupos comunistas.  Y es que Trujillo personificaba el edicto regio y la ley, y toda la realidad dominicana de entonces  brotaba de un solo individuo que  “realizaba el misterio de engendrarse a sí mismo”, como dijo Carlos Marx. Siempre, por supuesto, con el trasfondo de la violencia.

La “convención” de Miguel Vargas me indujo a meditar sobre toda la amargura del pensamiento dominicano. Amargura a la que no se renuncia, amargura que comprueba palmo a palmo el despliegue del despotismo en la historia.  Amargura que encuentra las eternas defraudaciones del liderazgo: ¿Qué es lo que discurre de Santana a Báez, de Ulises Heureaux a Mon Cáceres, de Trujillo a Balaguer? ¿Esa amargura no entra en el círculo infernal de los gobiernos “democráticos” del PR, del PRD, y del PLD? Esa amargura es ineludible, porque no renuncia a la defensa de la justicia y la verdad.

¿Cómo entender que en pleno siglo veintiuno un individuo que dice ser un “líder”, actuando ante los ojos de toda la sociedad, frente a los organismos institucionales que deberían velar por la limpieza del sufragio, auxiliado por la policía nacional, por Leonel Fernández,  la JCE, el Tribunal electoral, y fondos públicos provenientes de la financiación estatal; secuestre un partido político, se apropie de él, falsificando la democracia?

En la República Dominicana no hay nadie que crea que Miguel Vargas es un líder. El propio PRD acabó engendrándolo como un genocidio autoinflingido, y ahora no sabe qué hacer con los escombros de ése  falso ídolo.  Para “su” “convención” creó una comisión organizadora  únicamente con sus partidarios.  Expulsó la dirigencia tradicional del PRD,  esfumó los comités regionales, cercenó el padrón de electores, sacó casi el 60% de los militantes, colocó los centros de votaciones en casas particulares, impidió el voto efectivo de sus contrarios, militarizó los recintos electorales, y operó con una fuerza de choque que era un ejército personal. Además, nunca estuvo presto a discutir sus ideas, es un inepto que se imagina que un líder se puede empinar exclusivamente sobre la posesión del dinero. Una falsificación de la democracia peor que las que escenificaba Trujillo.

Pero el tema de este artículo no es Miguel Vargas, que es un comerciante, y  no fuera nadie sin la sombra benéfica de Leonel Fernández. Lo que me ocupa en este artículo es la falsificación de la democracia. Alguna gente piensa que lo ocurrido en el PRD importa sólo a los perredeístas, y no es cierto. Miguel Vargas pudo hacer lo que hizo en razón de que la sociedad dominicana es una sociedad secuestrada, cuyas instituciones responden a un esquema de dominación. Esa convención demuestra que hay un dominio personalista del poder que anula la idea de que el Estado sea una relación social compleja, lo que impide un marco racional de todas las ejecutorias públicas. Y si Miguel Vargas puede imponer una “convención” tan burda, es porque en este país no hay una sola institución que sirva, un solo signo al que la idea de un Estado funcional ampare. “L’ Etat, C’ est moi”, puede decir Leonel Fernández después de esta “convención”, como dijo  el Rey francés Luis XIV. Porque la “democracia” dominicana es una prostituta que él puede poner a bailar en cualquier torneo electoral.

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