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Una reflexión a 52 años de la masacre de estudiantes dominicanos del 9 de febrero de 1966

La matanza de estudiantes del 9 de febrero de 1966, hoy se cumplen 52 años

SANTO DOMINGO, República Dominicana.-Repensar aquellos sucesos sangrientos del 9 de febrero de 1966, frente al Palacio de Gobierno, nos conduce a una catarsis.

Confieso que se me hace difícil echar una mirada retrospectiva a aquella febril mañana de febrero en la que miles de estudiantes, con la bandera tricolor en alto, demandaban al unísono: ¡Presupuesto universitario! ¡Fuera Yanquis de Quisqueya!

En el centro se observa a un militar de EEUU impartiendo órdenes a los policías y militares dominicanos.

En el centro se observa a un militar de EEUU impartiendo órdenes a los policías y militares dominicanos.

Los que sobrevivimos ese episodio sangriento de nuestras luchas patrióticas estudiantiles no hemos podido liberarnos de esa horrible pesadilla, que empezó cuando un grupo de policías y militares apostados detrás de la verja sur del Palacio Nacional de la Presidencia disparó sus metralletas y fusiles contra indefensos estudiantes.

Episodio sangriento que se produjo en el contexto de la postguerra, cuando la patria seguía ocupada por las tropas militares de los Estados Unidos que invadieron el país el 28 de abril de 1965 para impedir la victoria total del Movimiento Constitucionalista liderado por el Coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó.

Como retaliación del gobierno de Héctor García Godoy, resultante de la firma del Acta Institucional que puso fin a la guerra, a la universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) se le negaba la entrega de su presupuesto. La situación que desbordó la paciencia de los estudiantes universitarios y normalistas que venían demandando la entrega de los planteles escolares convertidos en cuarteles por las tropas yanquis de ocupación.

Como un ejemplo de la impunidad reinante en la República Dominicana,  52 años después de esta horrible masacre no se ha sometido a ninguno de los policías que dispararon sus fusiles infernales contra estos jóvenes indefensos, ni mucho menos contra el oficial que dio la orden de disparar

Fue así que se dieron las condiciones que dieron como resultado la realización de una marcha de estudiantes, el 9 de febrero, en dirección al Palacio de Gobierno en demanda de la entrega del presupuesto a la UASD y de la salida de las tropas de ocupación.

Ya frente a la sede presidencial, los estudiantes enardecidos gritaban ¡Presupuesto a la UASD! ¡Fuera las tropas yanquis de Quisqueya! ¡Fuera los invasores de los planteles!

Mientras la protesta se llevaba a cabo, a varios líderes estudiantiles, encabezados por el Presidente de la Federación de Estudiantes Dominicanos (FED), Amín Abel Hasbún, se les permitió entrar a la sede presidencial con el interés de dialogar en busca de obtener soluciones de parte de las autoridaes.  La respuesta no se hizo esperar, uno de sus asistentes le informó a Amín que el Presidente no estaba en el Palacio, por lo que los líderes de los estudiantes decidieron esperar a García Godoy sentados en la escalinata frontal que da a la puerta de la intercepción de las calles Doctor Báez y Moisés García.

Cuando la manecilla del reloj se acercaba al medio día, el estudiante Romeo Llinás, dirigente de la Federación de Estudiantes Dominicanos (FED) y del Bloque Revolucionario Universitario Cristiano (BRUC) bajó la escalinata del palacio para informar a los manifestantes lo que ocurría arriba.

De inmediato, al tratar de subir la verja, de una residencia situada en la referida intersección, un policía trató de impedirlo. Se generó un forcejeo entre estudiantes y el policía.  Fue en este instante que se oyó la voz iracunda de un teniente policial ordenando ¡Fuego!

A partir de ese momento el lugar se convirtió en un infierno. Cientos, quizás miles, de disparos se escucharon, mientras la multitud corría despavorida por las calles aledañas dejando atrás una estela de humo con olor a sangre y a pólvora.

Comenzaron a caer estudiantes, muchachos y muchachas alcanzados por las balas de los militares y policías. Tirados, boca abajo, o boca arriba, en el caliente asfalto se escuchaban los gritos y quejidos de los heridos y el lamento por los fallecidos. Las víctimás más conocidas e identificadas de inmediato fueron Miguel Tolentino, Antonio Santos Méndez, Luis Jiménez Mella y Amelia Ricart Calventi.

La joven Ricart Calventi, estudiante meritoria del Instituto de Señoritas Salomé Ureña, quedó herida de gravedad, y murió un mes después en un hospital de los EEUU, a donde fue trasladada para extraerle una bala que penetró su columna vertebral.

Juntos a las víctimas mortales cayeron heridos de gravedad, Brunilda Amaral Oviedo, del Liceo Salomé Ureña, y Tony Pérez, ambos alcanzados por disparos en sus columnas vertebrales que les limitaron de por vida su movilidad motora. Otros heridos fueron Evita Germán, José Ramón Casimiro, Jaime Tomás Estrella, Griselda Zorrilla, Miguel Núñez, Juan Castro, José María de la Cruz, Ernesto Caamaño, Víctor Ramírez, Ciprián de Jesús Báez, José Javier Solís, Vinicio García, José Zabala, Roberto Ramírez y Modesto Guzmán Castro.

Luego de este episodio sangriento, la UASD logró la entrega de su presupuesto y las tropas de ocupación yanquis iniciaron el abandono de los planteles y posteriormente de todo el país

En homenaje a los caídos, los sobrevivientes crearon el Comité de Homenaje a los Héroes y Mártires del 9 de Febrero de 1966, que cada año conmemora la fecha con diversas actividades, siempre con la presencia de los sobrevivientes y los familiares de las víctimas.

Como un ejemplo de la impunidad reinante en la República Dominicana,  52 años después de esta horrible masacre no se ha sometido a ninguno de los policías que dispararon sus fusiles infernales contra estos jóvenes indefensos, ni mucho menos contra el oficial que dio la orden de disparar.

En honor a los caídos citamos el poema de Pablo Neruda:

Pido Castigo

Ellos aquí trajeron los fusiles repletos de pólvora, ellos mandaron el acervo exterminio, ellos aquí encontraron un pueblo que cantaba, un pueblo por deber y por amor reunido, y la delgada niña cayó con su bandera, y el joven sonriente rodó a su lado herido, y el estupor del pueblo vio caer a los muertos con furia y con dolor.

Entonces, en el sitio donde cayeron los asesinados, bajaron las banderas a empaparse de sangre para alzarse de nuevo frente a los asesinos.

Por esos muertos, nuestros muertos, pido castigo. Para los que de sangre salpicaron la patria, pido castigo, Para el verdugo que mando esta muerte, pido

castigo. Para el traidor que ascendió sobre el crimen, pido castigo. Para el que dio la orden de agonía pido castigo. Para los que defendieron este crimen, pido

castigo.

No los quiero de embajadores, tampoco en su casa tranquilos, los quiero ver

aquí juzgados en esta plaza, en este sitio. Quiero Castigo. No quiero que me den

la mano empapada con sangre, pido castigo.

 

 

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